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Cómo acordarte de cuándo hiciste algo por última vez

Estás delante del filtro de agua preguntándote si lo cambiaste en junio o en el junio anterior. Vas a decidir en unos cuatro segundos, y va a ser una suposición.

No es un problema de memoria. Nadie recuerda fechas de cosas que hizo una vez, hace meses, mientras pensaba en otra cosa. Es un problema de registro, y tiene unas cuantas soluciones razonables, y la mayoría no son apps.

1. Escríbelo en el propio objeto

El método más fiable que se ha inventado nunca es un rotulador permanente.

Ponle la fecha al filtro cuando lo instales. Pega un trozo de cinta de carrocero por dentro de la puerta del armario y escribe la fecha encima. Pon una etiqueta detrás del detector de humo el día que lo cuelgues. El registro vive en el objeto, así que es imposible estar mirando el objeto y no el registro.

Es imbatible para cualquier cosa física delante de la cual vas a estar cuando surja la pregunta. Falla con lo que no es un objeto —no puedes escribir una fecha sobre «llamar a mis padres»— y falla cuando quieres saberlo antes de acercarte hasta allí.

2. Hazle una foto

Cada foto que hace el móvil lleva la fecha grabada, lo que convierte tu carrete en un cuaderno de registro accidental.

Fotografía los neumáticos nuevos, el libro de mantenimiento recién rellenado, la caldera cuando se marcha el técnico. Meses después, encuentras la foto y la fecha viene de regalo. Mejor aún: casi todas las apps de fotos buscan texto dentro de las imágenes, así que la foto de una factura o de una pegatina de revisión suele aparecer escribiendo lo que pone.

Es barato, no hay nada que configurar y seguramente ya tienes años de registros accidentales. La pega es recuperarlos: tienes que acordarte de buscar, y tienes que dar con la foto entre otras cuarenta mil.

3. Una entrada en el calendario ese día, no un evento repetido

Un truco pequeño que funciona mejor de lo que suena: cuando hagas la cosa, crea un evento único en la fecha de hoy que lo diga.

No un recordatorio repetido en el futuro. Un apunte en el pasado.

Tu calendario se convierte así en un historial que se puede buscar. Buscas «filtro» y salen todas las veces que lo cambiaste. Cuesta diez segundos en el momento de hacerlo, y el registro queda en un sitio que ya miras.

La limitación es la aritmética. El calendario te dice que fue el 14 de marzo. No te dice que el 14 de marzo fue hace diecisiete meses, y a partir del año casi nadie nota de verdad la diferencia entre diecisiete meses y veintinueve.

4. Una nota que va creciendo

Una sola nota titulada «cuándo hice cada cosa por última vez», con lo más reciente arriba. Honesta, gratis y no peor que el calendario.

Aunque tiene el mismo problema: guarda fechas, y la pregunta que haces es sobre tiempo transcurrido. Cada consulta acaba en una resta mental, y la resta es justo lo que tu cabeza hace mal.

5. Algo que cuente por ti

Ahí entra la quinta opción: una app cuyo único trabajo es guardar la fecha y enseñarte el intervalo.

La diferencia es pequeña de contar y grande en la práctica. No lees «14 de marzo de 2025» y lo calculas. Lees 187 días y ya está. Sin aritmética, sin necesidad de tener buen ojo para las fechas, y con una cifra igual de legible a los nueve días que a los novecientos.

La lista de eventos de Last Time en el iPhone, con cada fila mostrando los días que han pasado desde la última vez que ocurrió esa cosa.
La misma información que guardaría una nota, con la resta ya hecha.

La regla que decide si algo de esto funciona

Todos los métodos anteriores funcionan o fracasan por lo mismo: tienes que registrarlo en el momento en que lo haces.

No esa noche. No la próxima vez que te acuerdes. Entonces, con la regadera todavía en la mano.

En eso consiste todo. Cualquier sistema que vayas a usar de verdad en esos diez segundos gana a un sistema mejor que usarás luego, porque luego no llega nunca. Es también la razón por la que el rotulador aguanta tan bien frente a cualquier app jamás escrita: está ahí mismo y cuesta cuatro segundos.

Así que el consejo práctico no es tanto «elige la mejor herramienta» como «elige la que tengas más cerca en el momento de hacerlo». Para las cosas de casa, puede que sea de verdad una etiqueta. Para todo lo demás, lo que ya llevas en el bolsillo.

De ahí salen dos cosas:

Que anotar salga más barato que recordar. Si registrar cuesta más esfuerzo del que valía la cosa, dejarás de hacerlo, y un registro a medias es peor que ninguno porque te vas a fiar de él.

Pon el registro donde se hace la pregunta. Un historial perfecto en una app que nunca abres no es un sistema. La cinta de carrocero con la fecha escrita funciona porque es físicamente inevitable.

Dónde ayuda el contador

Registrar todas las veces, y no solo la última, tiene un segundo beneficio, y es la parte que nadie se espera.

En cuanto tienes dos o tres registros, conoces tu intervalo real, no el que dabas por hecho. Casi todo el mundo descubre que su intervalo de verdad es más largo de lo que habría supuesto. El «cada tres meses» resulta ser cada cinco. Eso no es un fallo que corregir; es información, y es más exacta que la cifra del envase.

Last Time está hecha para esto: añades una cosa una vez, la marcas como hecha cuando la haces, y a partir de ahí cuenta, guardando todo el historial, de modo que tu intervalo medio sale de lo que hiciste de verdad.

Si quieres el argumento largo de por qué el tiempo transcurrido gana a los recordatorios programados, está en Las apps de recordatorios dan por hecho un calendario. Y si lo que buscas son los intervalos concretos, en cada cuánto hay que cambiar las cosas están las recomendaciones habituales para las de casa.